Black Friday - Cuento

Actualizado: jun 11



*Por Liz Haedo*


Las calles de la ciudad aún seguían a oscuras cuando empezaron a resonar secamente los primeros tacos sobre el asfalto. Pe apareció al otro lado de la ruta, con los dedos nervudos en la cabellera negra encrespada. Entornó los ojos y lanzó una sonrisita airosa tras observar que era la primera persona. Cruzó la calle de igual modo con apuro, por si alguien apareciese de golpe y le arrebatase el título. Adentro, las luces de la tienda aún seguían apagadas. Pe acercó tanto el rostro al vidrio que se le retorció la nariz recién arreglada. Murmuró unas blasfemias contra su propia torpeza y seguidamente agarró el celular para acomodarse la nariz ante la cámara. Otros pasos comenzaron a retumbar cercanamente. Pe, disgustada, guardó el celular en la cartera y giró sobre sí misma. Le devolvió una mueca forzada a Eñe, que le respondió con las cejas levantadas hasta casi el cuero cabelludo.


Pe y Eñe aguardaron frente a la puerta del local. Pe a un lado. Eñe al otro. Guardianas celosas de esa entrada oscura. Empezó a clarear en la ciudad. Las calles húmedas circundantes, con esa migaja de luz, comenzaron a exponer sus incontables cráteres y basurales. Ele apareció en medio de Pe y Eñe, explotando las burbujas de un plástico con los dedos infinitos. Ele saludó. Pe y Eñe apenas respondieron con un movimiento efímero de cabeza. El silencio se corporizó y ganó su lugar entre esos seres.


La tienda seguía a oscuras cuando llegó X. Llevaba puesto un sombrero alto en la cabeza, y una bufanda naranja enrollada al cuello como una serpiente. X no intentó saludar para la comodidad de la concurrencia.


En los ojos madrugadores y deseosos, solo había lugar e importancia para una misma imagen. Que con cada intrusión se diluía, pero al rato se recomponía en esa superficie mental, cada vez con más impaciencia y fuerza. Todas esas mentes estaban enlazadas por los hilos de aquello que aún permanecía a oscuras en el interior de la tienda.


Pe agarró el celular y miró la hora. Eran las 6:18. Se percibían con más frecuencia los estallidos sucesivos de las burbujas de aire entre los dedos de Ele. Eñe, sin abandonar un milímetro su lugar, giró sutilmente los ojos hacia las manos de Ele. Sus pulgares e índices, guardados en el bolsillo de su saco, explotaban burbujas invisibles. Al compás de Ele. Una y otra vez.


La última burbuja real estalló, pero los dedos de Eñe no pararon hasta segundos después. Un silencio insospechado apareció en el ambiente y se extendió curiosamente. Todos los ojos convergieron hacia las manos de Ele. Esta, instante después, metió en el bolsillo la mano y extrajo más plásticos que no parecían tener fin. Miles de burbujas deseosas de ser estalladas unas tras otras. Eñe sintió cómo sus dedos salían del encierro y le arrebataban un trozo de burbuja a Ele. Las miradas iban y venían. Ojos de todos los colores. La bufanda de X se desenrolló expectante.


Los ojos iban y venían. Amanecía ahora con vértigo. Eñe volvió a guardar las manos esperando que las de Ele recuperasen las burbujas robadas, pero solo sacó otro trozo de plástico más. La bufanda-serpiente se volvió a enroscar. Los estallidos fueron aún más incesantes. La tienda dejaba de estar tan a oscuras.


A ambos lados de las calles húmedas, sobre cráteres y basurales, multitudes se aproximaron. Frente a la puerta, los ojos de todos los colores, iban y venían. La multitud se aproximó. Las luces del local comercial se encendieron unas tras otras. La imagen de ensueño se encarnaba y adquiría dimensiones reales en una parte de la estantería del local. Los ojos de todos los colores se suspendieron por unos segundos y las burbujas respetaron el momento. La puerta permanecía cerrada. La multitud se aproximó. Las burbujas volvieron a estallar estrepitosas y hasta con furia. La bufanda-serpiente se desenrolló y observó con la lengua afuera a la multitud que se acercaba.


La multitud se aproximó tanto, amenazadora, que esos cuatro seres formaron una alianza espontánea. Decidieron en silencio cercar la puerta. La bufanda-serpiente y las burbujas de aire los envolvieron. Las burbujas estallaron por los dedos espinosos de la masa. Los cuatro/las cuatro fueron devorados/ devoradas por esa multitud ávida engordada en la entrada de la tienda. La puerta se abrió. La multitud los escupió al piso y se arrojó sobre sus cuerpos. La multitud eran todos y nadie a la vez. Otros seres también acabaron despanzurrados por la furia acumulada. Varias personas fueron mordidas letalmente por la bufanda-serpiente.


Con una voz elocuente, grave y etérea, les recibió la atmósfera del local. La multitud corrió hacia el fondo de los pasillos sin oírla jamás. Alrededor, en los estantes del camino, desfilaban muñecos y muñecas de todos los tamaños. Encerrados en sus cajas-mundos de cartón y plástico.


“Un muñeco autóctono, diseñado a nuestras necesidades locales”. De la pantalla de un televisor LCD, de pulgadas exorbitantes, emanó la voz. Las últimas palabras provenían de los labios de un hombre con capa oscura, que cruzó diagonalmente la pantalla hasta mirar a la cámara con aires seductores.


La cámara se aproximó lenta y constantemente hasta el rostro de ese hombre. “Eficacia comprobada”. Los ojos negros del hombre guiñaron y sus carnosos labios sonrieron sutilmente. Para nadie.


La multitud compacta llegó hasta el pasillo donde estaban las escasas veinte cajas de muñecos. Veinte faroles apuntaban sobre esos cuerpos siliconados. Las manos y los dedos nervudos se abalanzaron con violencia sobre las cajas, de tal forma que algunos faroles acabaron estrellándose al piso. La muchedumbre hizo tambalear los pies del estante de metal. Pe se hizo lugar a base de codazos a ambos lados. La bufanda-serpiente zigzagueó entre la masa, a mordiscos puros, para hacerle camino a X.


Pe con las manos-tenazas alrededor de una caja se desprendió de la masa informe, y se alejó por el largo pasillo. Otros muñecos, desde sus estantes y cajas, observaron con fija sonrisa al Kurupi entre las manos de Pe. Una parte de la multitud, que llegó a tiempo sin ser lastimada, ya estaba haciendo la fila en la caja.


Algunos miembros de la muchedumbre, atacados por la bufanda-serpiente, se alejaron con grito sofocado que se encimaron sobre la voz, “Los Kurupi están diseñados a medida”. X y su bufanda-serpiente llegaron a la primera fila, y al rato emergieron triunfantes entre las dos mitades vencidas de un enemigo diezmado.


El Kurupi, entre las manos de X, comenzó a emitir sus primeros balbuceos programados “Ro’use”/“Rohayhu”/“Roipota”. X y la bufanda-serpiente sonreían felices y paternales hasta la caja de la tienda. La multitud condenada al piso se conformó con oír el anuncio del próximo Black Friday. Y quizás con los muñecos y las muñecas chinas que aguardaban almas deseosas en las otras estanterías.


La tienda se fue desintoxicando de gente. La voz del hombre de capa fue silenciándose. La multitud mordida, con sus muñecos chinos a cuestas, estaban pagando en las cajas.


Unos estallidos sucesivos provenían de algún pasillo. Ele y Eñe estaban sentados en el piso, confrontados y sonrientes, mirándose directo a los ojos mientras explotaban infinitas burbujas de plástico.



Publicado en el libro "Pieles de Papel" - Premio Edward y Lily Tuck 2020.


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